Si los muertos hablaran ¿Qué dirían?

Si los muertos hablaran ¿Qué dirían?



Si los muertos hablaran, ¿qué dirían? – Lucas 16:19-31

Si una persona que ya murió pudiera volver por unos minutos y hablar con nosotros, ¿qué nos diría? ¿Qué cosas cambiaría? ¿Qué advertencias nos daría? ¿Qué nos pediría que tomáramos en serio antes de que fuera demasiado tarde?

En Lucas 16:19-31, Jesús presenta el relato del rico y Lázaro. Después de la muerte, la situación de ambos cambia completamente. El que había vivido rodeado de riquezas y comodidad se encuentra en angustia, mientras Lázaro recibe consuelo. Entonces aparece una petición que resulta impactante: que alguien vaya a advertir a sus hermanos para que ellos no terminen en el mismo lugar.

Pero la respuesta es clara: tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen. La enseñanza apunta a una realidad que muchas veces queremos evitar: la oportunidad de responder a Dios es ahora.

Podemos pasar gran parte de nuestra vida pensando que todavía habrá tiempo para cambiar, arrepentirnos, buscar a Dios o corregir nuestro camino. Pero la muerte pone fin a esas oportunidades. Por eso la pregunta del título no busca alimentar la curiosidad sobre lo que los muertos podrían decir, sino hacernos pensar en lo que nosotros deberíamos estar escuchando mientras todavía tenemos vida.

Si los muertos hablaran, quizás nos recordarían que muchas de las cosas que hoy parecen tan importantes dejarán de tener valor. Nos harían pensar en el tiempo perdido, en las decisiones que postergamos y, sobre todo, en la necesidad de tomar en serio la Palabra de Dios mientras podemos hacerlo.

Lucas 16:19-31 nos lleva a mirar nuestra propia vida y preguntarnos: ¿estoy escuchando a Dios hoy o estoy esperando hasta que sea demasiado tarde? No necesitamos que alguien vuelva de entre los muertos para advertirnos. Tenemos la Palabra de Dios delante de nosotros. La pregunta es qué haremos con ella.


Lucas 16:19-31 19 Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y de lino fino, y hacía cada día banquete con esplendidez. 20 Había también un mendigo llamado Lázaro, que estaba echado a la puerta de aquel, lleno de llagas, 21 y ansiaba saciarse de las migajas que caían de la mesa del rico; y aun los perros venían y le lamían las llagas. 22 Aconteció que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham; y murió también el rico, y fue sepultado. 23 Y en el Hades alzó sus ojos, estando en tormentos, y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno. 24 Entonces él, dando voces, dijo: Padre Abraham, ten misericordia de mí, y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua, y refresque mi lengua; porque estoy atormentado en esta llama. 25 Pero Abraham le dijo: Hijo, acuérdate que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro también males; pero ahora este es consolado aquí, y tú atormentado. 26 Además de todo esto, una gran sima está puesta entre nosotros y vosotros, de manera que los que quisieren pasar de aquí a vosotros, no pueden, ni de allá pasar acá. 27 Entonces le dijo: Te ruego, pues, padre, que le envíes a la casa de mi padre, 28 porque tengo cinco hermanos, para que les testifique, a fin de que no vengan ellos también a este lugar de tormento. 29 Y Abraham le dijo: A Moisés y a los profetas tienen; óiganlos. 30 Él entonces dijo: No, padre Abraham; pero si alguno fuere a ellos de entre los muertos, se arrepentirán. 31 Mas Abraham le dijo: Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán aunque alguno se levantare de los muertos.

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